viernes, 20 de noviembre de 2009

THE SINGLE GENERATION

Mi padre y mi madre, se conocieron como en una historia de ensueño. Fueron pareja de baile en unos XV años de una niña de sociedad, y los dos fueron obligados por sus respectivas familias a ir como parte de un baile que pensaban organizar para la quinceañera cuando bailara su vals. No se conocieron el primer día de ensayo. Ni el segundo. Se conocieron el día en que los dos decidieron, por separado, que sería el último día en que irían porque el asunto les aburría mucho. El la vió, ella lo vió, y se convirtieron en pareja de baile no sólo para los XV años, sino para toda la vida.
Seis años después, se casaron. Su boda no fue nada del otro mundo. Al contrario, fue muy sencilla. La razón fue que, ellos quisieron después de la boda y la luna de miel, tener su departamento listo para emprender el camino. El departamento de ellos estaba en La Condesa, y mi mamá cuenta que cuando ella se casó, no faltaba en su casa un solo cubierto. Todo estaba armado. Todo estaba listo. Muebles, vajilla, sillones, cama, televisor, todo. Los dos habían trabajado duro.
Conforme transcurrió mi vida, durante la niñez, no me enteré de nada. Vivía contenta en mi mundo infantil, y del mundo real si acaso me llegaba uno que otro chispazo y nada más. Cuando llegué a la adolescencia, empecé a comprender un poco la realidad de mi familia, la relación tan fuerte entre mis padres y la lucha constante de ellos por sacarnos adelante. Vinieron tiempos difíciles, pero a mis padres nunca los ví flaquear. Nunca supe cómo, pero en mi casa jamás faltó comida ni cosas básicas. Cuando me convertí en adulta, y adapté la historia de éxito de la relación de mis padres a mi caso particular, todo fue diferente.
Mi madre se casó a los 23 años. A mí me dieron los 23, los 24, los 25... y nada. No llegó el tan esperado héroe ni la oportunidad. Llegaron los 26, se fueron con una falsa promesa de amor, a los 27 aún estaba en estado de estupefacción, a los 28 empecé a reaccionar y a los 29 empezaba a construir algo, pero yo misma. Sin ése alguien.
Mis logros económicos y profesionales, que me llevaron a tener una vida independiente y a no representar una carga más para mis padres, se redujeron a una simple pregunta que mi padre me hizo después de que me visitara en la ciudad donde vivía: " Bueno, y ¿cuándo te casas?"...
En vistas de que a mi papá no le satisfacían mis logros, me fui de viaje a descubrir mundo y ver si podía hallar una respuesta a su pregunta. A mis 31 aún no la tengo. Soy una adulta madura, llena de dudas y temores con respecto a las relaciones, que a pesar del ejemplar caso de éxito que en mis padres me precede, no logro dominar.
¿Qué nos pasa a los solteros de hoy? ¿Porqué el miedo al compromiso? ¿Porqué el miedo a fracasar? Uno ve una historia como la de mis padres, de plena realización a pesar de los inconvenientes, y sabe, al menos en mi caso, que será duro superarlos o igualarlos. Yo creo que un factor que nos frena a todos, es el temor a fracasar. A fracasar como parejas. Como padres.
A mí lo que me frena, es el temor a que los problemas, un día, me superen. No lo niego. Tengo 31 años y ni de broma estoy al nivel al que estaban mis padres a mi edad. Ya no digan a nivel de relación. Ni siquiera a nivel económico, he podido lograr la misma estabilidad. No es que la época de nuestros padres haya sido fácil. A ellos les tocaron crisis, devaluaciones, inestabilidades políticas, de todo. Y aún así, eran una generación más valiente.
No puedo ni siquiera abrazar la idea, bueno, ni la noción de idea de una familia si no puedo ofrecerle a mi familia, al menos, lo que yo siempre tuve en casa. Además que mi relación con mi pareja no está aún muy sólida.
Hay otro factor. ¿Soy yo o las historias de las familias que empiezan a tener hijos son tan triviales? Para mí, como mujer, es como si la historia "interesante" de una mujer se truncara en el momento de ser madre. Aunque hay excepciones, normalmente, en ése momento, se acaban los logros profesionales. Se acaba la ambición de ser y tener. Se acaba la historia de dos para convertirse en historia de una familia. No me emociona en lo más mínimo. ¿Qué hay de todo lo que quiero hacer? Los viajes a lugares exóticos, las hazañas peligrosas, vencerme a mí misma una y otra vez en mi propio juego de superación, en fin. Probablemente, otro factor sea el egoísmo, entonces.
¿Será que no queremos sentar cabeza aún? ¿Será que los solteros del mundo piensan como yo? No me malinterpreten. Tener pareja fue algo que me costó un mundo. Pero éso, ya lo contaré en otro bloque...